El banquete de los invisibles: Entre el juicio del “hermano mayor” y la caridad del cielo “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado.” Lc 15,32
A menudo, las comunidades que se jactan de conservar la tradición, la pureza de la liturgia y la ley con mayor celo corren el riesgo de convertirse en comunidades espejo: estructuras autorreferenciales que se contemplan a sí mismas, perdiendo de vista a las multitudes que esperan, no una disertación fría, sino un evangelio vivo. En mi propio caminar, me he encontrado con la dura realidad de que, al intentar regresar al corazón del Padre, no siempre se encuentra el abrazo de la acogida, sino la fiscalización del “hermano mayor”. Este personaje de la parábola lucana no es un extraño; habita en el rigorismo de quienes imponen pesadas cargas pero no mueven un dedo para acompañar al que sufre (Mt 23, 4). Son aquellos que ven la Iglesia como una aduana de méritos y a los sacerdotes como meros dispensadores de ritos, olvidando que la Caridad es la norma suprema.
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