Coherencia y Poder: Del Trato Humano al Bien Común
I. Introducción: La Experiencia Personal
Una persona que me debía una suma importante de dinero me ofreció, en su momento, una entrevista con un candidato a una alcaldía, sobre la capacidad de colaborar con el. Yo decliné la propuesta por razones personales muy concretas.
La municipalidad correspondiente había impuesto un embargo sobre mi cuenta bancaria por una deuda que no existía. Esta persona se estaba encargando del tema y me aseguraba que no había nada de qué preocuparme. Sin embargo, el tiempo pasaba, el problema seguía, y yo no era una prioridad. La ayuda llegaba —si llegaba— solo en los ratos libres, “cuando se podía”, sin consideración alguna por mi edad ni por la gravedad real de la situación.
En ese contexto fui muy claro: si un partido trata a las personas de esa manera, si el trato humano es secundario y todo se posterga indefinidamente, entonces yo no quería saber nada con ese proyecto político. No era una cuestión ideológica, sino de coherencia básica entre discurso y práctica.
Más adelante, observé con cierta ironía cómo ese mismo espacio político terminó cargando con una enorme responsabilidad histórica por el rumbo que tomó el país recientemente. Y eso me confirmó algo que ya tenía claro.
Por eso sostengo dos cosas.
- Primero, no basta la capacidad técnica ni gerencial.
- Segundo, no basta haber estudiado, ni tener alguna formación religiosa, ni pertenecer a espacios muy bien considerados, si todo eso no ha sido integrado de manera coherente en la vida concreta, en el trato con el otro y en la noción de bien común.
Hablar de integración a la vida de la persona implica que la formación se incorpora al núcleo mismo del sujeto, configurando su modo de comprender la realidad, de valorar, de actuar y de decidir. No se trata solo de saber más, sino de ser de otro modo a partir de lo aprendido.
II. Reflexión sobre la Formación y la Ética
La formación que no se encarna, que no se traduce en justicia concreta y responsabilidad humana, se queda en etiqueta. Y ahí es donde, creo yo, empiezan muchos de los fracasos que luego se pagan a nivel social y político.
Hay experiencias que no pueden ser reducidas a lo anecdótico. No porque conviertan a alguien en culpable absoluto, sino porque revelan un modo de proceder. Desde ahí surge una pregunta ética clásica: si así se trata a una persona concreta, vulnerable, con un problema real, ¿cómo se gobernará cuando el poder sea mayor?
Ese razonamiento no es emocional ni reactivo. Es un juicio ético racional, fundado en la coherencia entre el trato concreto y la pretensión de gobierno. No es resentimiento. Es criterio.
La historia —antigua y reciente— muestra que la capacidad técnica, la eficiencia o la experiencia gerencial no garantizan por sí mismas el buen gobierno. La incompetencia no es la única causa del fracaso político. Muchas veces el fracaso proviene de la despersonalización, de prioridades mal ordenadas y de la reducción de las personas a “casos” o “expedientes”. Esta crítica ya estaba presente en la reflexión clásica sobre la política.
III. Marco Filosófico
Platón: En ese punto, la intuición de Platón resulta decisiva. La figura del rey-filósofo no apunta a un gobernante idealista desconectado de la realidad, sino a la exigencia de que el poder esté orientado por una comprensión racional del bien. Cuando esa orientación falta, el gobierno se degrada en mera administración de intereses.
Aristóteles: Sin embargo, pensar bien no es suficiente. Aristóteles introduce una corrección fundamental al subrayar la prudencia y la retórica: no basta conocer el bien, es necesario saber deliberar en lo concreto y comunicarlo de modo persuasivo. La política no se mueve solo en el plano de la verdad abstracta, sino en el de la acción y la palabra dirigidas a una comunidad real.
Maquiavelo: Más adelante, Nicolás Maquiavelo expone con crudeza que gobernar implica también técnica, decisión y manejo del poder. El arte de gobernar no se reduce a la corrección racional del argumento, sino que exige lectura de contextos, cálculo de consecuencias y resolución. Pero esta lucidez sobre el poder no sustituye la pregunta por el bien; solo muestra qué ocurre cuando esa pregunta se omite.
IV. Integración y Dignidad Humana
Aquí aparece el punto central: no basta tener razón, ni datos, ni formación. Cuando no hay integración personal, el poder se desordena. Esta falta de integración es precisamente lo que vuelve ineficaz tanto la formación técnica como la formación moral o religiosa cuando no se traducen en una visión coherente del bien común.
- En este sentido, Dignitatis infinita documento del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, que trata sobre la dignidad humana, vuelve a poner el acento en la dignidad concreta de la persona, no como suma de preferencias subjetivas, sino como exigencia objetiva que orienta la acción política. Cuando esa dignidad no estructura el ejercicio del poder, las consecuencias no son neutras: se producen injusticias reales.
Por eso, al hablar de responsabilidad política, es necesario reconocer que las acciones, las omisiones, la torpeza y la soberbia tienen consecuencias estructurales. No todo es culpa directa, pero sí hay responsabilidad moral cuando se pierde credibilidad, se deshumaniza el trato y se fragmenta el proyecto común. La confianza política no se pierde primero en los grandes discursos, sino en lo pequeño.
V. Criterios de Alianzas y Plancha Presidencial
Además de considerar los puntos anteriores, es imprescindible ejercer criterio en la elección de los acompañantes dentro de una plancha presidencial. No se trata solo de capacidad técnica o cálculo estratégico, sino de coherencia de criterios, porque quienes rodean al gobernante influyen directamente en las decisiones, prioridades y orientaciones del poder. No es casual que la Escritura formule esta pregunta con claridad lapidaria:
«¿Andarán dos juntos si no se ponen de acuerdo?» (Am 3,3).
Cuando una propuesta política afirma defender una determinada concepción de la persona humana, las alianzas no son neutras. Las personas integradas a un proyecto terminan permeando criterios, decisiones y prioridades, incluso si el discurso oficial intenta mantenerse firme.
A ello se suma una actitud clara y verificable hacia los menos favorecidos, que no puede quedar en el plano retórico. Gobernar implica hacerse responsable de los más vulnerables, y esa responsabilidad exige convicciones integradas, no solo consignas de campaña.
Por eso, cuando el valor central de una campaña es familia y valores, la coherencia entre discurso, alianzas y conducta política se vuelve decisiva. Sin esa coherencia, el proyecto pierde credibilidad y se debilita su fundamento ético.
VI. El Ejemplo Bíblico de Roboam
Primer Libro de los Reyes 12,8-11 (paralelo en 2 Crónicas 10,8-11). El texto dice:
«Pero Roboam desechó el consejo que le habían dado los ancianos y pidió consejo a los jóvenes que se habían criado con él y estaban a su servicio. Les dijo: “¿Qué aconsejáis vosotros que respondamos a este pueblo que me ha dicho: ‘Aligera el yugo que tu padre puso sobre nosotros’?”. Los jóvenes que se habían criado con él le respondieron: “Así dirás a este pueblo que te ha hablado diciendo: ‘Tu padre hizo pesado nuestro yugo, alívialo tú’: ‘Mi dedo meñique es más grueso que los lomos de mi padre. Mi padre os cargó con un yugo pesado; yo lo haré más pesado todavía. Mi padre os castigó con azotes; yo os castigaré con escorpiones’”».
Este episodio es paradigmático en la tradición bíblica porque muestra cómo el rechazo de la prudencia, de la experiencia y del consejo sensato conduce a un ejercicio del poder más duro y deshumanizado, cuyas consecuencias políticas serán inmediatas: la ruptura del reino.
VII. Criterios Bíblicos para el Discernimiento
A esto agregamos algunos criterios bíblicos para este discernimiento:
La Sagrada Escritura es notablemente clara al establecer cómo debe evaluarse la legitimidad moral del poder. No lo hace a partir del éxito, la eficacia o la habilidad estratégica, sino desde un criterio constante: el trato dado a los pobres, a los débiles y a los desamparados. En la Biblia, gobernar es siempre una responsabilidad moral antes que una función técnica.
El libro de Proverbios afirma sin rodeos que la estabilidad del poder depende de la justicia ejercida hacia los pobres:
«El rey que juzga con justicia a los pobres asegura su trono para siempre» (Prov 29,14).
Esta misma idea aparece desarrollada en clave orante y política en Salmos:
«Oh Dios, concede al rey tu juicio y tu justicia al hijo del rey, para que gobierne a tu pueblo con justicia y a tus pobres con rectitud. Que defienda la causa de los humildes del pueblo, salve a los hijos del necesitado y aplaste al opresor» (Sal 72,1–4).
Los profetas, por su parte, son todavía más severos. Isaías denuncia directamente el uso del aparato legal para producir injusticia:
«¡Ay de los que dictan leyes injustas y promulgan decretos opresivos, para privar de sus derechos a los pobres y robar su parte a los humildes de mi pueblo!» (Is 10,1–2).
En la misma línea, Jeremías establece un criterio decisivo para evaluar a un rey:
«¿Crees que eres rey solo por rivalizar en cedro? Tu padre practicó la justicia y el derecho, y entonces todo le fue bien. Juzgó la causa del pobre y del indigente, y entonces todo fue bien. ¿No es eso conocerme?, oráculo del Señor» (Jer 22,15–16).
Finalmente, Ezequiel utiliza la imagen del pastor para denunciar a los gobernantes que se sirven del poder en lugar de servir:
«¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! No fortalecieron a las débiles, no curaron a las enfermas, no vendaron a las heridas, no hicieron volver a la descarriada ni buscaron a la perdida; las dominaron con dureza y violencia» (Ez 34,2–4).
VIII. La Crítica del Poder según el Evangelio
Jesús formula una crítica frontal a la lógica ordinaria del poder en un pasaje decisivo del Evangelio según san Lucas. Allí afirma:
«Los reyes de las naciones las dominan, y los que ejercen autoridad sobre ellas se hacen llamar bienhechores. No sea así entre ustedes; al contrario, el mayor entre ustedes hágase como el menor, y el que gobierna como el que sirve» (Lc 22,25-26).
Este texto no puede reducirse a una exhortación piadosa ni a un mero estilo subjetivo de liderazgo personal. Contiene una crítica estructural al modo en que el poder tiende a ejercerse y a legitimarse. Jesús desenmascara una dinámica recurrente: el poder que domina suele presentarse a sí mismo como benefactor, incluso cuando produce exclusión, abuso o indiferencia.
IX. La Autoridad y el Bien Común (San Pablo)
La Escritura introduce también una dimensión del gobierno que hoy suele resultar incómoda, pero que es irrenunciable para una comprensión completa de la autoridad. San Pablo lo expresa con claridad en la Carta a los Romanos:
«La autoridad es servidor de Dios para tu bien. Pero si obras mal, teme, porque no lleva la espada en vano; pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que obra el mal» (Rom 13,4).
Este pasaje recuerda que la autoridad no existe solo para exhortar, persuadir o administrar. Existe también para proteger. La “espada” no es una legitimación del abuso ni de la violencia arbitraria, sino el símbolo de una función legítima: la custodia del orden justo y la defensa de la sociedad frente al mal.
X. Síntesis Final
En síntesis, no basta la capacidad técnica, no basta la pertenencia institucional ni la buena formación académica. Hace falta integración, prudencia y una visión del bien común que no sacrifique personas reales, sin compremeter en el camino sus valores. Esto no es ideología: es filosofía moral aplicada, en la línea que va de Platón y Aristóteles, pasa por Maquiavelo y llega hoy a la reflexión sobre la dignidad humana.
