Entre Tolstói y Dostoievski: Cristo, la Iglesia y la fidelidad herida
Preámbulo
“la Iglesia es la cruz de Cristo” Romano Guardini El sentido de la Iglesia
En los últimos días he sido testigo de diversos actos y, sobre todo, de no pocas omisiones en el ejercicio de su función por parte de algunos miembros de la Iglesia. Los hechos no se presentaron de manera aislada, sino como una seguidilla de acontecimientos que, lo confieso, terminaron por interpelarme profundamente.
Tal vez sea una inclinación personal, pero tengo la costumbre —y la convicción— de buscar sentido allí donde corresponde buscarlo: en la propia Iglesia. No porque ignore sus heridas ni sus fallos, sino precisamente porque es la Iglesia la que nos ha transmitido las Sagradas Escrituras y el Magisterio, y en cuyo seno se custodia, con todas las fragilidades humanas, el depósito de la fe.
Es desde esa pertenencia, y también desde esa tensión, que nace este texto. La reflexión que sigue está marcada, además, por la influencia de Romano Guardini, cuya mirada lúcida y creyente sobre la Iglesia ha sido para mí un punto de apoyo en momentos de desconcierto.
Escribo con la esperanza de que estas líneas puedan servir a quienes, como yo, atraviesan situaciones semejantes y buscan permanecer fieles sin renunciar a la verdad.
A veces surge la tentación de asumir una posición crítica radical frente a la Iglesia, semejante a la de Lev Tolstoi. Esa tentación no nace de la frivolidad, sino del escándalo real que provoca la incoherencia entre el Evangelio y ciertas prácticas eclesiales. Sin embargo, esa inclinación se disipa cuando la mirada vuelve a Cristo y a la Iglesia en su dimensión última, la Iglesia triunfante. En esa oscilación se juega una decisión espiritual profunda.
1. El mismo punto de partida: el escándalo
Tolstói parte de una constatación que no puede ser negada:
- la distancia entre el Evangelio y la praxis eclesial,
- la dureza y el legalismo,
- el ejercicio defectuoso del poder religioso,
- el daño infligido a los pequeños en lugar de servirlos.
El Evangelio mismo es severo con este punto:
«Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al fondo del mar» (Mt 18,6).
En el diagnóstico, Tolstói acierta. El escándalo existe y no puede maquillarse.
2. La bifurcación decisiva
La diferencia no está en lo que se ve, sino en lo que se hace con lo que se ve.
Tolstói
Tolstói concluye que la Iglesia ha traicionado de modo definitivo a Cristo. Su respuesta es radical:
- se queda con el Sermón del Monte,
- adopta una ética exigente,
- conserva a Cristo como maestro moral,
- rechaza los sacramentos, la mediación y la Iglesia visible.
La comunión se rompe. Para Tolstói, la alternativa es clara: Cristo contra la Iglesia.
Otra respuesta posible
Existe, sin embargo, otro modo de atravesar el mismo escándalo:
- reconocer fallos graves y negligencias reales,
- sufrir el daño sin negarlo,
- no absolutizar la mediación humana,
- distinguir entre Cristo, la Iglesia visible y la Iglesia triunfante.
Aquí no hay Cristo contra la Iglesia, sino Cristo en la Iglesia, a pesar de sus heridas.
3. El error teológico de Tolstói
El error de Tolstói no es moral, sino teológico: identifica la verdad del Evangelio con la pureza de sus mediadores. Cuando esa pureza falla, concluye que el Evangelio ha sido falsificado.
La fe cristiana histórica afirma lo contrario:
- la gracia no depende de la santidad del ministro,
- la Iglesia es santa por su Señor y pecadora por sus miembros,
- los sacramentos no son premio para los justos, sino medicina para los heridos (cf. Mc 2,17).
Tolstói no acepta esta paradoja. Al hacerlo, pierde el realismo de la Encarnación.
4. Los sacramentos: el punto de no retorno
Aquí se produce el corte más profundo.
Tolstói rechaza los sacramentos, considerándolos una forma de magia institucional. El resultado es un Evangelio interiorizado pero desencarnado: Cristo queda reducido a maestro ético, no a Señor que actúa hoy en la historia.
En cambio, el sufrimiento por no poder acceder ordenadamente a los sacramentos, sin despreciarlos ni relativizarlos, revela una permanencia en el realismo católico: la fe no se repliega en una espiritualidad privada, aunque las mediaciones humanas fallen.
5. El fruto espiritual
Los frutos permiten una comparación clara.
- Tolstói: coherencia moral, claridad ética, pero aislamiento eclesial y una fe sostenida exclusivamente por la conciencia individual.
- La otra vía: ambigüedad sufrida, silencio impuesto, perseverancia sin recompensa visible, fidelidad sin reconocimiento.
En la tradición cristiana, esta fidelidad silenciosa pesa más que la coherencia que se separa.
6. Dostoievski: la alternativa
Aquí aparece Fiodor Dovstoyevski como alternativa espiritual. Dostoievski vio el mismo mal que Tolstói: clérigos mediocres, abuso de poder, fe rutinaria, sufrimiento injusto. Y, sin embargo, no se fue.
En Los hermanos Karamazov, el episodio del Gran Inquisidor condensa su posición. Cristo vuelve a la tierra y es encarcelado por la autoridad religiosa, que le reprocha su libertad excesiva y su falta de eficacia. Cristo no responde. Calla y besa.
Dostoievski no niega la traición institucional, pero tampoco separa a Cristo de la Iglesia. Cristo permanece en medio del conflicto, no fuera de él.
7. Dos frases, dos caminos
- Tolstói: «Si la Iglesia falla, me quedo solo con Cristo».
- Dostoievski: «Aunque la Iglesia falle, no puedo tener a Cristo sin cargar con su Cuerpo herido».
Tolstói busca pureza.
Dostoievski acepta la encarnación trágica.
8. El sufrimiento que no rompe la comunión
Para Dostoievski, el sufrimiento no explicado, no elegido y no resuelto puede convertirse en lugar de redención, siempre que no rompa la comunión. No porque el dolor sea bueno, sino porque Cristo está ahí.
Cristo no fundó una comunidad de impecables, sino una Iglesia que necesita conversión constante. Y no se retiró cuando fue traicionado (cf. Jn 13,1).
Por eso la tentación de Tolstói pierde fuerza cuando se recuerda esto. Dostoievski permanece, no por ingenuidad, sino por fidelidad al misterio de un Cristo que no abandona a los suyos, incluso cuando ellos fallan.
La Iglesia es: Santa en su esencia (Cristo). Pecadora en sus miembros. Necesaria en sus sacramentos
