La Iglesia, la autoridad y la purificación del primer amor

Hace algún tiempo escribí que no soy ciego a los horrores que existen dentro de la Iglesia. La historia reciente ofrece ejemplos que generan inquietud: debates como el sínodo alemán, episodios simbólicamente confusos como el de la Pachamama, o intervenciones en congregaciones e instituciones tradicionalmente sólidas en doctrina y liturgia. Estas situaciones provocan tensiones profundas en muchos fieles.

Sin embargo, mi reflexión no parte únicamente de esos hechos visibles, sino de un principio que encuentro en el Evangelio de Juan. Durante el juicio de Jesús, el sumo sacerdote Caifás pronuncia una frase que el evangelista interpreta de una manera sorprendente. El texto dice:

“Esto no lo dijo por sí mismo, sino que, como era el sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación” (Juan 11:51).

La afirmación es teológicamente significativa. Caifás no es presentado como un modelo moral ni como un creyente ejemplar. De hecho, participa en la condena de Cristo. Sin embargo, el evangelista sostiene que, debido a su cargo, sus palabras terminan teniendo un carácter profético.

Esto introduce una distinción importante: la diferencia entre la persona y la función. El individuo puede tener limitaciones, prejuicios o incluso pecados; pero la función que ocupa dentro de la economía de Dios puede convertirse en instrumento de algo mayor que él mismo.

Esta perspectiva ilumina mi comprensión del primado de Pedro. La confianza en esa institución no se basa en la perfección moral de cada pontífice, ni en la afinidad personal con su sensibilidad pastoral o teológica. Se basa en la promesa de Cristo y en la convicción de que el Espíritu Santo puede servirse incluso de instrumentos imperfectos para custodiar el depósito de la fe.

En esa línea, algunas tensiones actuales pueden interpretarse también como procesos de purificación dentro de la vida eclesial. En ocasiones, las comunidades más firmes en doctrina y liturgia pueden desarrollar una gran solidez intelectual y disciplinaria, pero correr el riesgo de perder algo más fundamental.

El libro del Apocalipsis contiene una advertencia que resulta particularmente elocuente. En la carta dirigida a la Iglesia de Éfeso se reconocen virtudes notables: la defensa de la verdad, la perseverancia y el discernimiento frente al error. Sin embargo, aparece una crítica decisiva:

“Pero tengo contra ti que has abandonado tu primer amor” (Apocalipsis 2:4).

La expresión “primer amor” señala algo que va más allá de la corrección doctrinal o de la fidelidad a las formas. Remite al encuentro vivo con Cristo, a la caridad que anima toda la vida cristiana. Cuando la ortodoxia se separa de esa experiencia viva, puede transformarse en una estructura rígida, capaz de defender la verdad pero incapaz de comunicarla como gracia.

En este contexto, algunas intervenciones o tensiones dentro de la Iglesia pueden entenderse como un contraste providencial. Un pontificado con una sensibilidad distinta puede obligar a ciertas estructuras eclesiales a salir de sí mismas, a recordar que la doctrina no existe para convertirse en un instrumento de exclusión, sino en un camino de salvación para las personas concretas.

Al mismo tiempo, la tradición doctrinal y litúrgica cumple una función igualmente necesaria: recuerda a la Iglesia que su identidad no puede disolverse en el puro impulso pastoral ni en las modas culturales del momento. La tradición actúa como un ancla que preserva la continuidad con la fe recibida.

De esta tensión puede surgir una forma de fidelidad que no consiste en negar los problemas ni en absolutizar a ninguna de las partes. No se trata de cerrar los ojos ante los errores o las desproporciones que puedan existir en la vida eclesial, pero tampoco de romper la comunión con la autoridad que la Iglesia reconoce como parte de su estructura apostólica.

A lo largo de los últimos años también he sido testigo de otro fenómeno que merece ser considerado con serenidad. Varias instituciones eclesiales —muchas de ellas identificadas con una sensibilidad doctrinal y litúrgica conservadora— han sido intervenidas, comisionadas o incluso suprimidas. En algunos casos se ha cuestionado su gobierno interno; en otros, se ha declarado nulo su carisma original.

Fuera de esa comunión, la doctrina corre el riesgo de convertirse en ideología personal y la liturgia en una pieza de museo. Dentro de ella, incluso las crisis pueden convertirse en espacios donde actúa la providencia.

Mirar la realidad eclesial desde esta perspectiva cambia el modo de vivir las tensiones. La reacción inmediata suele ser la indignación o la polarización. Sin embargo, cuando se contempla la historia de la Iglesia con una mirada más amplia, aparece otra posibilidad: observar los acontecimientos como parte de un proceso en el que Dios sigue conduciendo a su pueblo.

En ese sentido, las crisis no necesariamente destruyen a la Iglesia. Muchas veces la obligan a volver a lo esencial: recuperar el primer amor.

En última instancia, muchas de las tensiones que atraviesan hoy la vida de la Iglesia parecen remitir a una misma cuestión de fondo. Desde el Concilio Vaticano I, cuando se definió el dogma de la infalibilidad papal, hasta nuestros días, una parte importante de los conflictos eclesiales puede leerse como distintas formas de cuestionamiento a la autoridad del Papa. Ese cuestionamiento aparece tanto en ciertos sectores del tradicionalismo como en corrientes progresistas. Incluso hoy se manifiesta en algunos contextos eclesiales —como en Alemania— donde determinadas posiciones parecen situarse por encima del primado de Pedro. Quizá por eso, en medio de las tensiones de cada época, la fidelidad a esa comunión visible sigue siendo uno de los signos más concretos de unidad dentro de la Iglesia.