Y es que, ante algunas observaciones que se me han planteado, debo reconocer que he dedicado bastante espacio al tema de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. La razón es sencilla: durante varios años estuve vinculado a ese ambiente. Mi acercamiento a ellos no nació de un capricho ideológico, sino de una reacción frente a problemas que percibía dentro del ala progresista de la Iglesia.

Un antecedente personal: mi experiencia con el modernismo

Mi primer contacto con lo que hoy se llamaría modernismo dentro de la Iglesia ocurrió cuando tenía entre 16 y 18 años, a finales de la década de 1970, mientras participaba activamente en una parroquia.

Puedo decir que pertenecí a una generación que vivió una etapa de fuerte improvisación litúrgica. Recuerdo, por ejemplo, campamentos en los que un sacerdote celebraba la Eucaristía en condiciones que hoy, con los años y el conocimiento adquirido, reconozco que estaban muy lejos de lo que la disciplina canónica establece.

También pertenecí a una generación en la que al Señor Jesús se le llamaba coloquialmente “el flaco”. En algunos retiros de conversión, el método consistía en comenzar con charlas llenas de malas palabras con el objetivo de provocar un impacto emocional que condujera al arrepentimiento.

En aquel ambiente también ocurrían situaciones que hoy resultan difíciles de imaginar. Recuerdo haberme confesado estando en estado de embriaguez sin que ello generara ninguna objeción. Del mismo modo, se nos incentivaba a leer literatura evangélica sin mayor discernimiento.

El resultado de ese clima fue significativo. En mi caso, terminé haciéndome evangélico durante un tiempo. Entre mis compañeros de aquella época, algunos que inicialmente pensaban en el sacerdocio terminaron abandonando la fe: unos se volvieron ateos y otros se convirtieron en pastores protestantes.

Esa experiencia dejó una huella profunda. Con el paso de los años, comprendería mejor que ciertas reacciones posteriores —como mi acercamiento al tradicionalismo— también estaban marcadas por esa memoria de desorden doctrinal y litúrgico vivida en mi juventud.

Del progresismo al tradicionalismo, y del tradicionalismo a la Iglesia

Ya de vuelta a la Iglesia Católica, encontré en la parroquía que asistía, un creciente desprecio por lo sagrado, que en muchos casos se manifestaba como irreverencia. Era común encontrar cánticos de origen protestante dentro de la misa e incluso en la adoración eucarística. También observé el surgimiento de camarillas dentro de las parroquias que, en determinados momentos, parecían colocarse por encima de los propios sacerdotes. A esto se sumaba la falta de respeto en la forma de vestir para asistir a la misa: personas que acudían con shorts u otras prendas claramente inadecuadas.

Cabe señalar que la parroquia a la que asistía no era particularmente progresista. Era, más bien, una parroquia conservadora que procuraba respetar las rúbricas litúrgicas. Sin embargo, aun en ese contexto, muchas de estas situaciones resultaban inevitables.

En algunas ocasiones tuve la oportunidad de dictar charlas de catequesis, incluso con la presencia de sacerdotes. Los temas eran básicos en algunos casos y más profundos en otros, pero siempre dirigidos a adultos que, en teoría, tenían cierta formación. Con frecuencia encontraba resistencias cuando citaba la Sagrada Escritura o el Magisterio de la Iglesia.

Con el tiempo, algunas declaraciones del pontífice de aquel entonces terminaron por colmar el vaso. Fue en ese contexto que entré en contacto con ambientes tradicionalistas, iniciando así una etapa que duraría varios años.

El escándalo de la irreverencia y la búsqueda de lo sagrado

La experiencia que me llevó hacia ambientes tradicionalistas es compartida por muchos católicos. Cuando una persona percibe banalización en la liturgia o descuido en el trato de lo sagrado, surge naturalmente el deseo de encontrar un lugar donde el culto a Dios sea celebrado con mayor reverencia.

Esto explica por qué numerosos fieles terminan acercándose a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, fundada por Marcel Lefebvre como reacción frente a los abusos litúrgicos que siguieron al Concilio Vaticano II.

En mi caso, el amor por la liturgia y la búsqueda de mayor reverencia fueron factores determinantes.

La deriva interna del tradicionalismo

Con el tiempo se hace visible otro fenómeno. En muchos ambientes tradicionalistas aparece una dinámica intelectual que sigue una secuencia bastante clara:

  1. Se observa un problema real dentro de la Iglesia.
  2. Se concluye que ese problema es generalizado.
  3. Se empieza a sospechar de la autoridad eclesial.
  4. Finalmente, se pone en duda al Papa o al Magisterio.

Este proceso entra inevitablemente en tensión con lo definido por el Concilio Vaticano I acerca de la autoridad del Papa y la constitución visible de la Iglesia.

El momento de la grieta interior

Hubo un momento particularmente revelador dentro del cenáculo tradicionalista al que asistía. Una persona reconoció que, aun fuera de los ambientes tradicionalistas, existían fieles con verdadera devoción y que podrían salvarse.

Aquella afirmación introducía una contradicción evidente. Si la salvación dependiera exclusivamente de participar en un determinado ambiente litúrgico, ese reconocimiento no tendría sentido.

La doctrina católica nunca ha enseñado que la gracia de Dios esté limitada a un círculo litúrgico específico. La acción de la gracia atraviesa toda la vida de la Iglesia.

El retorno a la parroquia

El retorno a mi antigua parroquia no fue provocado por una discusión teológica, sino por un acontecimiento profundamente humano: la muerte de un amigo que pertenecía a esa comunidad.

Decidí asistir a la misa con muchos prejuicios en mi interior. Sin embargo, me encontré con una comunidad que me recibió con calidez. El sacerdote que entonces estaba a cargo, a quien yo no conocía, también me acogió con gran amabilidad.

A partir de ese momento comenzó un proceso gradual. Durante un tiempo asistía a la misa con temor, incluso repitiendo oraciones en latín interiormente por miedo a que Dios se enojara.

Lo que más extrañaba en aquel período era la adoración al Santísimo. En Lima, la misa tradicional se celebraba apenas una vez al mes, y durante la pandemia llegó a celebrarse cada dos o tres meses. La necesidad de visitar al Santísimo era cada vez más fuerte.

Finalmente decidí acudir a una adoración eucarística un jueves por la noche. Lo que encontré allí me sorprendió profundamente. Durante mi etapa en la Fraternidad Sacerdotal San Pío X me habían enseñado a decir:

“Señor, si estás ahí, seas adorado. Si no estás ahí, en cualquier otro lugar tú estés”.

Aquella enseñanza revelaba hasta qué punto podía llegar la desconfianza hacia los sacramentos celebrados en la Iglesia ordinaria.

El descubrimiento teológico

Durante ese período comencé a escuchar en una serie de conferencias del teólogo Gregory Hesse. Uno de los puntos que explicaba resultó especialmente sorprendente.

Hesse sostenía que su ordenación sacerdotal había sido válida aun cuando había sido ordenado bajo el nuevo rito. Tras estudiar la reforma litúrgica, afirmaba que en varios sacramentos —entre ellos el de la ordenación y el de la confirmación— las formas sacramentales aparecían expresadas con mayor claridad que en el rito tridentino.

Esto conducía a una reflexión más profunda sobre la teología sacramental. Según la enseñanza clásica, sistematizada por Santo Tomás de Aquino y definida en el Concilio de Trento, la validez de un sacramento depende de tres elementos: materia, forma e intención.

Cuando estos elementos están presentes, el sacramento es válido.

Una reflexión bíblica

Otra idea que volvió repetidamente a mi mente provenía del Antiguo Testamento. En el libro de Samuel se narra cómo David tuvo la oportunidad de matar al rey Saúl, quien lo perseguía injustamente. Sin embargo, David se negó a hacerlo, diciendo:

“No extenderé mi mano contra mi señor, porque es el ungido del Señor.”
(1 Samuel 24,10)

David reconocía los pecados de Saúl, pero también reconocía la unción que había recibido.

Este episodio introduce una distinción fundamental: la diferencia entre la santidad personal de quien ejerce una autoridad y la legitimidad de la autoridad misma.

La cuestión de la competencia

La reflexión que finalmente resultó decisiva fue de carácter filosófico y jurídico.

La pregunta era simple: ¿quién tiene competencia para declarar que alguien no es Papa?

En el lenguaje jurídico, la competencia se refiere a la autoridad legítima para juzgar un asunto. No cualquier persona puede emitir un juicio válido en materia jurídica o eclesiástica.

Ni los miembros de un cenáculo tradicionalista ni un grupo de fieles tienen competencia para declarar inválido un pontificado.

En una de las últimas ocasiones en que asistí al cenáculo, expuse esta reflexión al encargado. Su respuesta fue que no insultara su inteligencia. Sin embargo, el punto seguía siendo claro: ni él ni yo teníamos la autoridad para decidir quién es o no es Papa.

La tentación de la élite

Cuando finalmente me incorporé de nuevo a la vida parroquial, la reacción de algunos miembros del cenáculo fue inmediata: me consideraron un traidor.

Con el tiempo se vuelve inevitable plantear una pregunta: ¿qué sentido tiene asistir a una comunidad donde uno termina considerándose parte de una élite espiritual, convencido de que todos los demás están en error o incluso condenados?

En algunos ambientes se llega a afirmar que solo ellos interpretan correctamente ciertos mensajes proféticos o que solo ellos conservan la verdadera fe.

Frente a esto surge otra pregunta inevitable: ¿en qué se diferencia esa actitud de la de una persona que asiste a una parroquia y responde su teléfono durante la misa?

El problema del corazón

La experiencia termina conduciendo a una conclusión más profunda.

El progresismo puede vaciar el sentido de lo sagrado.
El tradicionalismo puede absolutizar la liturgia.

Pero el problema fundamental no es la liturgia en sí misma.

El problema es el corazón.

La parábola del fariseo y el publicano lo expresa con claridad:

“El fariseo, puesto en pie, oraba en su interior de esta manera: ‘Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres…’.
El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: ‘Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador’.”
(Lucas 18,11-13)

Una síntesis del camino recorrido

Mirando hacia atrás, el itinerario puede resumirse en una frase:

Mi reacción al progresismo me llevó al tradicionalismo.
Lo que vi en el tradicionalismo me llevó nuevamente a la Iglesia.

Mirar la Iglesia con realismo y esperanza

Hoy soy capaz, por la gracia de Dios, de contemplar las tensiones dentro de la Iglesia con mayor serenidad. Estas tensiones no son algo nuevo. A lo largo de la historia de la Iglesia han existido conflictos, disputas teológicas, luchas de poder e incluso crisis profundas. Lo que vivimos hoy no es una excepción dentro de esa historia.

En el momento actual se perciben con claridad diversas pugnas internas. A veces resulta difícil definirse simplemente como católico, porque muchas discusiones dentro de la Iglesia están atravesadas por categorías ideológicas. Tanto clérigos como laicos pueden encontrarse alineados con una u otra corriente.

Ante esta situación, he tomado una decisión personal: centrarme en aquello que es esencialmente católico.

Eso no significa cerrar los ojos ante los problemas. Existen injusticias, decisiones discutibles y situaciones difíciles, también dentro de la arquidiócesis de Lima. Sin embargo, esas realidades ya no determinan mi fe ni mi vida espiritual.

He preferido volver a las fuentes: la enseñanza constante de la Iglesia y el Catecismo de la Iglesia Católica.

Recuerdo que durante el Año de la Fe, el papa Benedicto XVI animó explícitamente a los fieles a leer tanto los documentos del Concilio Vaticano II como el Catecismo. Aquella invitación buscaba precisamente ofrecer un punto de referencia seguro en medio de las interpretaciones contradictorias que han surgido en torno al Concilio.

Quien quiera profundizar en estas cuestiones encontrará una reflexión muy esclarecedora en Informe sobre la fe, la entrevista concedida por el entonces cardenal Joseph Ratzinger a Vittorio Messori. Allí se aborda, entre otros temas, la llamada hermenéutica de la continuidad, que propone comprender el Concilio Vaticano II dentro de la continuidad viva de la tradición de la Iglesia.

He querido compartir este recorrido personal porque detrás de los artículos que publico hay una historia concreta, con búsquedas, errores, aprendizajes y también con muchas preguntas.

Espero que estas reflexiones puedan servir de alguna manera a quienes atraviesan inquietudes similares.