No encajar

Cuando el desajuste se convierte en testimonio

Escribo estas líneas no para hablar de mí, sino para que quienes viven años de sufrimiento sin poder aceptarse a si mismos,descubran que su modo de ser no es un error, que puede ser don, y que no están solos: la Cruz de Cristo es un lugar real al que se puede recurrir y en el que incluso el desajuste encuentra sentido.


Hoy escribo, a pesar de que, créanme, no tengo ganas. Hasta hace unos meses, esto me hubiera causado mucha tensión, pero mientras estudiaba en la UCSM confirmaron lo que sospechaba: soy neurodivergente. No, no es que esté loco, sino que mi cerebro está configurado de manera diferente; por tanto, tengo fortalezas, debilidades y un estilo de pensar y procesar información distinto al de la mayoría de las personas.

Mis Retos

  • Parálisis por sobreanálisis: Mi cerebro genera árboles de decisión masivos. Ver demasiadas variables y consecuencias potenciales convierte decisiones simples en procesos agotadores y paralizantes.

  • Soledad intelectual crónica: No es falta de gente, sino la ausencia de pares que operen al mismo nivel de profundidad. Esto me obliga a “traducir” o simplificar mi discurso constantemente para encajar, generando una sensación de no ser realmente conocido.

  • Aburrimiento existencial: Una necesidad fisiológica de complejidad. El entretenimiento y las conversaciones convencionales me resultan predecibles y monótonos, lo que deriva en una inquietud física o irritabilidad.

  • Dificultad en relaciones románticas: El “pool” de personas compatibles es estadísticamente menor. Además, el hábito de analizar y buscar soluciones puede ser percibido por la pareja como crítica o falta de empatía.

  • Cuestionamiento existencial profundo: La incapacidad de aceptar normas sociales arbitrarias. Ver la “verdad” detrás de las estructuras (como los trabajos sin propósito) me genera una angustia que interfiere con el funcionamiento diario.

  • Conflicto con la autoridad: Mi cerebro valora la lógica y el mérito sobre la jerarquía. Esto me genera problemas en entornos donde se espera obediencia ciega a figuras que la persona percibe como incompetentes.

  • Autocrítica implacable: Al ser consciente de mi propio potencial y de la vastedad de lo que no sabe (un efecto Dunning-Kruger inverso), me juzgo con estándares imposibles de alcanzar.

  • Agotamiento mental crónico: Mi cerebro no tiene un interruptor de “apagado”. El procesamiento constante de patrones e ideas, incluso en momentos de descanso, consume una energía cognitiva masiva.

Estas cosas me ha causado varios problemas desde que tengo memoria, tanto en lo social como en lo académico y en lo familiar. En aquella época, esta condición no me fue detectada, y viví así toda mi vida en ignorancia de ello, hasta el año pasado, 2025.

Es por eso que, en ocasiones, mi estado de ánimo juega en mi contra. Y no, mi condición no se alivia con clichés, mantras, mindfulness ni con frases piadosas.

Lo que me alivió fue, por un lado, saber mi diagnóstico con certeza, y por otro, la revelación del Cristo sufriente, solo, rechazado, mal entendido. Esto lo relato para que se me comprenda algo: mi estado de ánimo y el porqué me cuesta, en ocasiones, escribir e incluso levantarme de la cama.

Hace poco le dije a un amigo que me visitaba: «No encajo. Y eso está bien». No fue una declaración de derrota. Fue la paz que llega después de décadas de forcejear contra uno mismo: de intentar traducir mi pensamiento a un nivel «digerible»; de callar conexiones que mi mente hace automáticamente porque sé que incomodan; de estudiar Python hasta saturarme y saltar a otro tema —no por dispersión, sino porque mi cerebro busca estímulo donde ya no lo hay—; de sentir que las letras y las ciencias me hablan a la vez, mientras el mundo exige que me «especialice». A los 64 años entiendo: esto no es capricho. Es neurodivergencia. Y aunque suene duro, esa diferencia constitutiva —desde el nacimiento— ha tejido mi vida con un sufrimiento continuo. Un martirio silencioso: no el de los anfiteatros, sino el de quien nunca descansa porque su mente no se apaga; el de quien se aburre existencialmente frente a lo que otros celebran; el de quien ve grietas en estructuras que todos aceptan sin cuestionar.

¿Absurdo? Sí. Absolutamente. El absurdo no es una idea de libro. Es la brecha entre lo que debería ser y lo que es: que una mente capaz sea desechada por no tener un sello de papel; que a Kierkegaard lo enterraran en el olvido mientras hoy sus escritos forman a generaciones; que un pastor me dijera hace quince años —cuando anhelaba seguir estudiando—: «No estás para aprender, estás para trabajar».

Camus mira ese abismo y dice: «Vive con lucidez a pesar del absurdo». Frankl, en el campo de concentración, descubre que aun allí queda una libertad última: elegir la actitud ante el sufrimiento. San Juan Pablo II, en Salvifici Doloris, va más lejos: el sufrimiento no es absurdo ante Dios. Cristo entró en él. Y quien une su dolor al de Cristo —no porque Dios lo quiera, sino porque Él lo habita— descubre que hasta el desajuste puede tener valor redentivo.

No digo esto para endulzar el dolor. El sufrimiento es un mal. Pero cuando es inevitable —como el roce constante de una mente distinta en un mundo no hecho para ella—, la fe católica no ofrece una explicación. Ofrece compañía: la del Crucificado, rechazado por no cumplir las expectativas religiosas de su tiempo; la del José bíblico, vendido por hermanos que no soportaban su diferencia; la del Meursault de Camus, ejecutado no por un crimen, sino por no llorar en el funeral de su madre —es decir, por ser auténtico en un mundo que exige teatro.

Yo no tengo cátedra universitaria. Quizás nunca la tenga. Los títulos que no pude terminar —por decisiones ajenas, no por incapacidad— siguen siendo una herida. Pero he aprendido algo: el ámbito académico formal no es el único lugar donde se hace teología seria. San Agustín escribía desde su obispado; Pascal, desde la ciencia y la mística; Kierkegaard, desde el margen que le impuso Copenhague. Mi aula hoy es este blog. Mi cátedra, el silencio que valoro como espacio sagrado donde el alma respira. Mi apostolado, escribir para quienes dudan, han sido heridos por la religión o buscan sentido en medio del caos —es decir, para los que tampoco encajan.

El absurdo existe. Lo toco con las manos. Pero no estoy solo en él. Y quizás —solo quizás— el hecho de no encajar no es mi fracaso. Es mi forma particular de testimonio.