Estoy leyendo La Peste de Camus. He encontrado en el relato una opinión suya que considero oro puro:
“Para conocer una ciudad, es preciso conocer cómo trabajan, cómo aman y cómo mueren”.
Este breve esquema es una herramienta poderosa para realizar una crítica social acertada.
Si pretendemos extender este análisis a nuestra polis, ¿cuál sería el resultado?
En lo referente a cómo viven:
La vida en esta sociedad se dedica prioritariamente a perseguir metas financieras. Por ello, se aceptan largas jornadas laborales para costear un ritmo de vida promovido por influencers y medios de comunicación, para financiar un estilo de vida consumista que está fuera del alcance de muchos, pero que se busca por presión y conveniencia social. La paradoja es que el mercado les paga por esto salarios mínimos.
El hombre moderno tiene poco tiempo de ocio —entendido este como lo definían los griegos (gr. skholé)— por lo cual, las personas no tienen tiempo para meditar, reflexionar y, por ende, viven su vida de manera infructuosa. Ya Sócrates lo dijo: skholé
“Una vida no examinada no vale la pena vivirse”.
Esta sociedad está tan ofuscada buscando llenarse de cosas, de sensaciones que no dan lugar a la apertura de trascendencia. Se han cosificado y todo lo convierten —aun a otros seres humanos— en mercancías.
El ser humano ha llegado a ser valorado por su capacidad de consumo, y también en tanto y cuanto produzca. Una vez pierda valor económico, es relegado.
Hasta la educación y la cultura se han convertido en mercancías, en donde se considera a los recursos económicos, el acceso a una educación de calidad.
Por eso, al no tener tiempo y llenarse de distracciones, el hombre moderno es fácilmente manipulable. Podríamos compararlo con el tipo de ser humano al que Boy George se refería en Karma Chameleon: “I’m a man without convictions” (Soy un hombre sin convicciones).
Del mismo modo, al carecer de educación y pensamiento crítico, el hombre moderno toma sus decisiones tan solo repitiendo clichés. Sin una base intelectual sólida ni la capacidad de cuestionar el entorno, su discurso y sus actos no son más que ecos de eslóganes prefabricados, reforzando así su condición de sujeto fácilmente manipulable.
Es el ser humano reducido al “estado líquido”, despojado de una base sólida de valores o principios, fluctuando según la dirección en la que sople el consumo o la opinión pública. Sin el ejercicio de la reflexión, la identidad se diluye y la voluntad se entrega al mejor postor.
En lo referente a cómo aman
Relaciones líquidas, parejas múltiples; se confunde el sexo con el amor. El compromiso se excluye de la ecuación de las relaciones. Se busca la “realización personal” y, por ir en pos de esta, se abandonan hijos y se cambian de parejas, con todo el costo social que esto conlleva. Como dice la Escritura, asistimos a esos días donde «el amor de muchos se enfriará» (Mateo 24:12).
En una frase: amores líquidos.
En lo referente a cómo mueren
La muerte, por un lado, es algo en lo que no se piensa; solo importa el instante. Se procura demorarla a toda costa a través de un culto obsesivo a la juventud, el cuidado extremo del cuerpo y la industria de los cosméticos. Es el intento desesperado por ignorar el fin.
Pero, por otro lado, ocurre una consecuencia cruel: el ser humano, como vimos anteriormente, es visto apenas como un consumidor e instrumento de producción. Al disminuir su productividad y su capacidad de consumo debido a la edad, se convierte en algo desechable.
Lo Absurdo
Camus se caracteriza por enfatizar lo absurdo y el sinsentido de la vida. En La Peste, el retrato que hace de la ciudad de Orán en los años 40 es una situación arquetípica: es el estado de una ciudad que ha llegado al límite de la modernidad e inaugura ya el cinismo de la posmodernidad.
Asistimos al fin de los grandes discursos y, por ende, al abandono de la búsqueda humana de sentido y trascendencia. En esta “polis” que Camus disecciona, y que nosotros heredamos, el vacío no se intenta llenar con propósito, sino con el ruido del consumo y la fugacidad de lo líquido.
Ya Adam Smith redujo al hombre al homo economicus; Kant redujo la realidad a lo que se podía comprender, dejando los noúmenos en el terreno de lo incognoscible. Marx, por su parte, redujo al ser humano y su realidad a lo económico y, a mi juicio, denunció acertadamente la alienación del hombre como sujeto de explotación.
Finalmente, Nietzsche, al declarar la “muerte de Dios”, señaló que había muerto la trascendencia y la metafísica en la civilización occidental. Todas estas influencias son recogidas por Camus: su concepto del Absurdo es el producto final de este proceso de desmantelamiento. Al final del camino, nos queda una ciudad que trabaja, ama y muere en el vacío, huérfana de grandes relatos y llena de mercancías.
Una luz en la polis
Por otro lado, la encíclica Lumen Fidei nos habla de que, tras todos los reduccionismos filosóficos, la fe no es un “salto al vacío” (como diría Kierkegaard). Al contrario, la fe dota de sentido a la existencia del hombre, una existencia plagada de sufrimientos y sin sentidos.
Camus encuentra en el absurdo —entendido como el cese de la búsqueda del sentido de la vida— algo que debe aceptarse con alegría. Sin embargo, Lumen Fidei aborda el sufrimiento, las contradicciones de la vida, las injusticias y las pandemias, afirmando que la fe es una luz que alumbra el pasado, el presente y el futuro. Frente a la “liquidez” del hombre moderno y el cinismo de la posmodernidad, la fe se presenta no como una venda, sino como la claridad necesaria para caminar en la polis.
Como dice el profeta Isaías:
“Pueblo mío, andemos a la luz de Yahvé”. Isaias 2,5
