Liberalismo contemporáneo y el eclipse del prójimo
(Una lectura crítica desde la ética cristiana)
Las propuestas políticas contemporáneas que se autodefinen como libertarias o conservadoras pro-mercado suelen presentarse como una reacción legítima frente al estatismo, la burocracia asfixiante y la ineficiencia de los aparatos públicos. Esta crítica, en sí misma, no es ajena a la tradición cristiana: la doctrina social de la Iglesia nunca ha sacralizado al Estado. Sin embargo, cuando el rechazo al estatismo se transforma en absolutización del individuo, se cruza una frontera ética decisiva.
Javier Milei: la libertad sin mediaciones solidarias
El pensamiento político y económico de Javier Milei se articula en torno a un principio claro: el Estado es, en sí mismo, un problema. Desde esta perspectiva, el mercado aparece como el mecanismo casi exclusivo de ordenamiento social, y la libertad se entiende primordialmente como ausencia de interferencia.
El problema no es la defensa de la libertad económica en cuanto tal, sino su desvinculación de la responsabilidad moral por el otro. En este esquema, el prójimo tiende a desaparecer como categoría ética estructural y reaparece, en el mejor de los casos, como objeto de caridad privada o de iniciativas voluntarias. La solidaridad deja de ser una exigencia social y se convierte en una opción personal.
Desde una antropología cristiana, esto es insuficiente. El mercado —por su propia lógica— no ve al pobre, ve costos, incentivos, eficiencia. Cuando se lo eleva a principio rector sin correcciones éticas institucionales, la dignidad del vulnerable queda librada a la buena voluntad individual, no a la justicia.
Aquí emerge una forma de individualismo radical que, aun proclamando la libertad, erosiona el tejido comunitario que hace posible una vida verdaderamente humana.
José Antonio Kast: orden, valores y economía sin prójimo estructural
El proyecto político de José Antonio Kast se mueve en un registro distinto, pero converge en un punto clave. Su énfasis en el orden, la seguridad y los valores tradicionales se combina con una visión económica claramente liberal, orientada a la reducción del Estado y a la primacía del mercado.
Aquí el riesgo no es el libertarismo explícito, sino una separación tácita entre moral personal y justicia social. El prójimo es reconocido en el plano ético privado —familia, moral individual, valores—, pero no necesariamente en el plano estructural de la economía y las políticas públicas.
Cuando la responsabilidad social se desplaza hacia la filantropía, la beneficencia o la acción voluntaria, se pierde algo fundamental: la conciencia de que la sociedad, como cuerpo, tiene deberes morales, no solo los individuos aislados.
Desde la doctrina social de la Iglesia, esto constituye una fractura grave: el bien común no puede sostenerse únicamente en la suma de decisiones privadas, por virtuosas que sean.
Esta desconexión ética entre la libertad y el prójimo no se queda en los tratados de teoría política; en la práctica diaria de países como el Perú, se traduce en un abandono sistemático que algunos intentan vender como liberación
El punto común: libertad sin prójimo
Aunque distintos en estilo y énfasis, estos proyectos comparten una matriz común: la prioridad de la libertad individual entendida como autonomía, con una debilidad estructural en la noción de solidaridad.
No se trata de defender el estatismo ni de negar la iniciativa privada. La crítica cristiana va más hondo: una sociedad que no incorpora al prójimo como criterio estructural de justicia termina normalizando la exclusión, incluso cuando habla el lenguaje de la libertad.
La tradición cristiana no pregunta solo qué tan libre es el individuo, sino qué ocurre con el más débil cuando esa libertad se ejerce. Allí donde el pobre, el trabajador precarizado, el enfermo o el excluido quedan fuera del horizonte moral de las decisiones económicas, la libertad se vuelve formal y la dignidad humana se vacía de contenido.
Un enfoque cristiano integral exige que el bien común y la dignidad humana sean criterios sustantivos en cualquier política pública, económica o social —algo que no se resuelve automáticamente con la reducción del Estado o la defensa de la libertad individual.
La ilusión libertaria frente a la precariedad real: cuando la “libertad” sirve solo para los poderosos
En los últimos años frases como est, han ganado fuerza en América Latina con un mensaje aparentemente radical:
“Abolamos el Estado. El mercado lo resuelve todo. La libertad individual es sagrada.”
Pero esta ideología —el libertarianismo de derecha— no es una ruptura con el neoliberalismo. Es su versión más desnuda, más cruel y más hipócrita. Porque mientras predica la “libertad del individuo”, ignora una verdad elemental: Sin protección colectiva, la libertad es un privilegio de los ricos.
En el Perú, donde 76% de los trabajadores están en la informalidad, donde los jubilados reciben pensiones que no alcanzan para la canasta básica, y donde un hospital público puede negarte atención por falta de insumos, la propuesta de “eliminar el Estado” no suena a liberación: suena a abandono masivo.
Libertad para quién, exactamente?
Los libertarios celebran la “libertad de contrato”. Pero ¿qué libertad tiene un padre de familia que debe aceptar trabajar 12 horas en una app por S/ 35 diarios? ¿Qué libertad tiene una madre que vende Hinode porque no consigue empleo formal? ¿Qué libertad tiene un ingeniero de 50 años al que nadie contrata por “sobrecalificado”?
Ninguna. Lo que los libertarios llaman “libertad” es, en la práctica, la libertad de los fuertes para dominar a los débiles sin interferencia del Estado. Como señalaba Noam Chomsky, el libertarianismo contemporáneo no defiende la libertad del pueblo, sino la libertad del capital para operar sin regulaciones, sin impuestos y sin responsabilidad social.
El mito del “Estado opresor”
Los seguidores de Milei pintan al Estado como un monstruo que “roba” con impuestos y “asfixia” con regulaciones. Pero en el Perú real, el Estado ya no asfixia al pequeño: lo abandona.
- ¿Quién regula las tarifas abusivas de las plataformas? Nadie.
- ¿Quién protege al vendedor informal de la extorsión o la violencia? Casi nunca.
- ¿Quién garantiza una pensión digna al trabajador de Rena Ware que dedicó 20 años a su red? Nadie.
El problema no es que el Estado sea “demasiado grande”. Es que está capturado: sirve a los grandes intereses (mineras, bancos, corporaciones digitales), pero desaparece cuando se trata de proteger a los de abajo. Eliminarlo, entonces, no libera al ciudadano. Entrega a millones de personas directamente a la lógica implacable del mercado.
La contradicción fatal del libertarianismo
El libertarianismo dice: “Cada quien es dueño de su destino”. Pero en un mundo donde:
- El acceso a la educación depende del barrio donde naciste,
- El acceso al crédito depende de si tu padre tenía una casa para hipotecar,
- Y el acceso a la salud depende de si tuviste “suerte” en el empleo…
…esa idea no es libertad. Es darwinismo social disfrazado de filosofía.
Peor aún: los propios líderes libertarios viven de la maquinaria estatal que critican. Milei viaja en aviones del Estado, se protege con seguridad estatal, y gobierna desde un palacio construido con impuestos. Pero al ciudadano común le dice: “Arréglate solo”.
La verdadera libertad no es individual: es colectiva
La libertad no es poder elegir entre morir de hambre o endeudarte para comprar un auto y trabajar en una app. La libertad es tener opciones reales:
- Un sistema de salud que no te arruine si te enfermaás,
- Una jubilación que te permita envejecer con dignidad,
- Un mercado laboral que valore tu experiencia, no solo tu “energía juvenil”.
Eso no se logra eliminando al Estado, sino reconstruyéndolo como herramienta de justicia. El libertarianismo no es la solución a la crisis del Perú. Es su acelerador.
En Conclusion
El rechazo al estatismo puede ser legítimo. Pero una sociedad que absolutiza al individuo termina negando al prójimo. Y allí, desde una perspectiva cristiana, no estamos ante un simple desacuerdo político, sino ante una fractura ética profunda.
El prójimo no es un efecto colateral del sistema: es su criterio de verdad.
