Juicio, misericordia y la falsa indiscriminación del rigorismo moderno

Preámbulo

Hace algunos años asistí con regularidad a un cenáculo conformado por personas de sensibilidad marcadamente tradicionalista. El dirigente del grupo tenía un enfoque claramente rigorista. El centro visible de las reuniones era el rezo del rosario, lo cual en sí mismo es algo profundamente legítimo y valioso. Sin embargo, este rezo iba acompañado de constantes alusiones a revelaciones privadas que, si bien son reconocidas por la Iglesia, eran presentadas casi exclusivamente desde el ángulo del juicio divino, el castigo y la inminencia del desastre.

El clima espiritual que se generaba no era tanto de confianza filial como de vigilancia temerosa. El acento recaía más en lo que había que temer que en Aquel a quien se debía amar. Con el paso del tiempo, comencé a percibir que muchas actitudes, decisiones y discursos nacían más del miedo que de la caridad. Y cuando la motivación principal de la vida espiritual deja de ser el amor y pasa a ser el temor, surge inevitablemente una pregunta incómoda: ¿qué lugar real ocupa Dios como Padre en esa experiencia de fe?

Este fue el contexto vital y espiritual que dio origen a la reflexión que sigue. No nace de una polémica teórica ni de un afán de corrección ajena, sino de una inquietud interior: la necesidad de confrontar ciertas lecturas rigoristas contemporáneas con el testimonio íntegro de la Escritura, para discernir si conducen verdaderamente al Dios revelado o si terminan proyectando una imagen deformada de Él.

Esta mañana, una inquietud me vino al leer este pasaje del Libro de Judit 16,15:

«Sacudirán las olas los cimientos de los montes,
las peñas en tu presencia se derretirán como cera;
pero tú serás propicio a tus siervos».

La imagen es claramente teofánica y cósmica: la creación entera tiembla ante la irrupción de Dios en la historia. Sin embargo, el versículo no se detiene en la descripción del cataclismo. Introduce una afirmación decisiva: en medio del juicio, Dios distingue. No actúa de manera ciega ni indiscriminada. Su poder no anula su justicia, y su justicia no elimina su misericordia.

Esta afirmación corrige una idea profundamente arraigada —y muchas veces no cuestionada— según la cual Dios sometería por igual al justo y al injusto en los castigos históricos. El testimonio bíblico, leído en conjunto, desmiente esa imagen.

Juicio histórico y distinción moral en la Escritura

El Éxodo ofrece un ejemplo elocuente. Israel vive en el mismo contexto de juicio que Egipto, pero no es tratado del mismo modo. Algunas plagas lo afectan indirectamente; otras no lo alcanzan. La Pascua marca con claridad esta diferencia:

«La sangre servirá de señal en las casas donde estéis; al verla, pasaré de largo» (Éx 12,13).

La misma noche, el mismo ángel, dos destinos distintos. Dios no promete a los justos una historia sin oscuridad, pero sí una historia custodiada.

Este principio aparece de manera aún más explícita en la intercesión de Abraham por Sodoma:

«¿De veras vas a exterminar al justo con el injusto? (…)
¿El juez de toda la tierra no hará justicia?» (Gn 18,23.25).

Lo decisivo es que Dios no rechaza esta pregunta. La acepta. Se deja interpelar. Con ello queda establecido un principio fundamental de la revelación bíblica: Dios jamás actúa contra su propia justicia moral. Si juzga, distingue; si permite una prueba común, el sentido de esa prueba no es el mismo para todos.

Jesús y el discernimiento frente al juicio

Este mismo criterio aparece en las palabras de Jesús en el discurso escatológico. Ante la inminencia de la catástrofe sobre Jerusalén, no propone resignación fatalista, sino discernimiento activo:

«Cuando veáis que Jerusalén está rodeada de ejércitos, sabed que su devastación está cerca. Entonces, los que estén en Judea, que huyan a los montes» (Lc 21,20–21; cf. Mt 24,15–16).

Dios avisa, Dios distingue, Dios ofrece caminos de preservación. No se trata de escapismo espiritual, sino de obediencia lúcida. El justo no niega el juicio, pero tampoco se expone inútilmente a él.

Qué se entiende por “lecturas rigoristas modernas”

No se trata aquí de negar la justicia divina, que es plenamente bíblica, sino de identificar una deriva teológica contemporánea —presente en ámbitos diversos, católicos y no católicos— con rasgos comunes:

  • Juicio indiscriminado: justos e injustos arrasados sin distinción.
  • Dios impersonal: más fuerza cósmica que Padre.
  • Sospecha de la misericordia, vista como debilidad.
  • Espiritualización del sufrimiento: si se sufre, es porque Dios castiga o “prueba”.
  • Lectura literalista y aislada de textos apocalípticos.

Este rigorismo no nace de la Escritura leída en su totalidad, sino de fragmentos absolutizados.

El error de fondo: universalidad no es indiscriminación

La Biblia afirma sin ambigüedad la universalidad del juicio. Pero no afirma su indiscriminación. El juicio alcanza a todos, pero no opera del mismo modo en todos.

Judit 16, el Éxodo, la intercesión de Abraham y las palabras de Cristo desmienten frontalmente la idea de un castigo uniforme. Dios no es un mecanismo automático que aplasta sin discernimiento; es un juez personal que conoce los corazones.

El rigorismo apocalíptico y la pérdida del “resto fiel”

En muchas lecturas modernas de tono apocalíptico, el juicio aparece como catastrófico, masivo, sin advertencias ni refugio. Sin embargo, ese esquema no es bíblico, sino mitológico.

En la Escritura:

  • Dios avisa (Noé: Gn 6–7; los profetas; Jesús).
  • Dios distingue (Egipto/Israel: Ex 8,19; Sodoma/Lot: Gn 19,15–16).
  • Dios preserva un resto fiel (Is 10,20–22; Sof 3,12–13).

El rigorismo elimina la noción de “resto”. Y cuando se elimina el resto fiel, el Dios bíblico deja de ser reconocible.

El rigorismo moral y el sufrimiento como castigo universal

Otra forma de rigorismo sostiene que Dios castiga a todos para enseñar algo. Esta idea es teológicamente peligrosa porque:

  • convierte a Dios en autor directo del mal,
  • hace del sufrimiento un fin en sí mismo,
  • borra la diferencia entre corrección y condena.

La Escritura, en cambio, distingue con claridad:

«El Señor corrige a quien ama» (Hb 12,6; cf. Pr 3,12),

pero también anuncia el juicio contra el impío que persevera en su soberbia (cf. Sal 1,4–6).

Corrección, purificación y condena no son el mismo acto, aunque puedan darse en un mismo contexto histórico.

El contraejemplo decisivo: Cristo mismo

Si el juicio fuera indiscriminado, Jesús no habría llorado por Jerusalén (Lc 19,41), no habría distinguido entre “esta generación” y sus discípulos, ni habría orado así:

«No te ruego que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno» (Jn 17,15).

La escatología de Jesús no es terrorífica ni fatalista; es pastoral. Donde el rigorismo produce miedo, Cristo produce vigilancia y discernimiento.

Una imagen falsa de Dios

El rigorismo moderno termina fabricando un Dios que no se deja interpelar, que no distingue corazones, que no se compromete con su propia justicia y que no protege realmente a los suyos. Ese Dios no es el de la Escritura.

Por eso el versículo de Judit resulta tan provocador:

«…pero tú serás propicio a tus siervos» (Jdt 16,15).

Esta afirmación rompe cualquier esquema cerrado basado en el miedo. Dios puede sacudir los montes, pero no pierde de vista a sus siervos. Su juicio no es arbitrario, y su misericordia no es una concesión: es parte esencial de su justicia.

La pregunta decisiva no es si creemos en el juicio de Dios, sino qué rostro de Dios se nos revela cuando pensamos en ese juicio.