“Cada generación, sin duda, se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no lo rehacerá. Pero su tarea es quizás mayor: impedir que el mundo se deshaga.” — Albert Camus
Nací en 1961. Según la sociología norteamericana, eso me coloca entre los baby boomers. Sin embargo, quien haya vivido en el Perú —y en buena parte de Latinoamérica— sabe que esa etiqueta explica poco o nada de nuestra experiencia real. No crecimos en estabilidad, ni en prosperidad sostenida, ni en confianza institucional. Crecimos en crisis. Y una tras otra.
Este texto no es un ajuste de cuentas ni una nostalgia amarga. Es un intento de poner nombre a una experiencia generacional que suele quedar invisibilizada entre los relatos oficiales.
- Cuando las etiquetas no alcanzan
Las categorías generacionales nacen en contextos concretos. El concepto de baby boomer surge en Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial: crecimiento económico, expansión educativa, fe en las instituciones y en el progreso. Nada de eso describe con justicia a quienes crecimos en el Perú de los años 60, 70 y 80.
Aquí, las décadas clave de nuestra formación estuvieron marcadas por:
reformas improvisadas,
crisis económicas recurrentes,
violencia política,
cambios abruptos de modelo social y educativo.
No heredamos estabilidad. La atravesamos a golpes.
- La marca del 68–70: educación en experimentación
El gobierno de Velasco Alvarado introdujo un cambio profundo de modelo educativo. Para quienes cursábamos primaria y secundaria en esos años, eso significó una educación en permanente ensayo: currículos cambiantes, docentes desorientados, improvisación estructural.
No fuimos beneficiarios de una reforma madura; fuimos, en muchos casos, sus conejillos de indias. El resultado fue una generación obligada a autoformarse, a desconfiar de planes grandilocuentes y a desarrollar criterio propio para sobrevivir intelectualmente.
- Los años 80 y 90: sobrevivir ya era bastante
Luego vino lo que no necesita demasiada explicación para quien lo vivió:
- hiperinflación,
- terrorismo,
- miedo cotidiano,
- precariedad laboral,
- ausencia de redes de contención.
- No había internet, ni discursos de salud mental, ni promesas de movilidad social. Había apagones, escasez, violencia y una sensación constante de que el futuro era frágil.
Por eso, cuando digo que mi generación nunca logró estabilizarse del todo, no exagero. Nunca hubo un período largo sin crisis.
- Desconfianza institucional: no ideológica, sino aprendida
A diferencia del boomer anglosajón típico, no crecimos creyendo en las instituciones. Aprendimos —por experiencia— que podían fallar, improvisar o directamente abandonar.
Esa desconfianza no es nihilismo. Es memoria histórica.
Por eso confiamos más en personas que en sistemas, más en el esfuerzo propio que en promesas estructurales, más en el pensamiento crítico que en discursos cerrados.
- Una generación sin nombre (pero no sin identidad)
No somos exactamente baby boomers. Tampoco somos Generación X en sentido estricto. Somos una generación bisagra, una generación de sobrevivientes:
- formados en la escasez,
- educados en la improvisación,
- adultos antes de tiempo,
- críticos por necesidad,
- escépticos sin cinismo.
Mientras las generaciones posteriores encontraron un modelo relativamente más estable —con tecnología, instituciones ya ordenadas y marcos previsibles— nosotros pusimos el cuerpo en el período más incierto.
- Pensar no es un lujo
Tal vez por eso hoy me incomoda la pereza mental, la delegación total del pensamiento en tecnologías o autoridades externas. Pensar, investigar, contrastar, relacionar ideas no fue para nosotros un refinamiento intelectual: fue una herramienta de supervivencia.
De ahí también mi postura frente a la inteligencia artificial: es una ayuda, un complemento, nunca un oráculo. Quien ha visto fallar sistemas aprende a no absolutizar ninguno.
- Cierre
Este texto no busca idealizar ni victimizar a una generación. Busca darle palabra. Porque entre el relato triunfalista del progreso y la narrativa digital del presente, quedó en silencio una cohorte que aprendió a vivir sin certezas.
No somos una generación perdida. Somos una generación curtida.
Y quizás, precisamente por eso, todavía creemos que pensar por cuenta propia sigue siendo una forma de dignidad.
