Entre la injusticia y la paz de Dios

Transformar el dolor en esperanza

Hoy quiero compartir una experiencia que, aunque dolorosa, me ha enseñado algo profundo sobre la fe, la paciencia y la entrega.

Al rezar los Laudes de este 18 de febrero de 2026. El primer salmo, el 77, refleja mi situación actual y me invita a la memoria de la fidelidad de Dios a lo largo de la historia de su pueblo. A recordar los hechos redentores de Dios en el Exodo. Ahora, eso se cumple en la pascua sacramentalmente como memoria viva, actualizacion del sacrificio de cristo.

Y es que a mi edad, estoy enfrentando situaciones que me hiere y desafían mi tranquilidad interior: injusticias que me tocan personalmente y condescendencias que parecen minimizar todo lo que he vivido y he entregado.

En estos momentos, siento el peso de la vida, la frustración de que otros actúen con indiferencia o prepotencia, y la herida de la incomprensión. Sin embargo, he aprendido que mi sufrimiento puede tener un sentido cuando lo pongo en manos de Dios.

Rezar, entregar mis quejas, mis gritos silenciosos y mi cansancio, me ha dado una paz profunda. Como dice San Pablo:

“No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, presenten sus peticiones a Dios en oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que supera todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús.” — Filipenses 4, 6-7

No significa que los problemas desaparezcan, ni que la injusticia se resuelva de inmediato. Significa que Dios escucha, acompaña y transforma nuestro dolor en fortaleza, discernimiento y esperanza. Cada lágrima, cada momento de frustración, puede convertirse en semilla de luz para nuestra vida y para los demás.

Esta experiencia me recuerda que el apostolado también puede ser silencioso y contemplativo: compartir nuestra vivencia, nuestras reflexiones y nuestra entrega sincera al Señor puede ayudar a otros a encontrar su camino de confianza y paz, incluso en medio de la injusticia y la condescendencia que encontramos en la vida diaria.


La percepción ajena y la verdad de la experiencia

En mi camino de reflexión y oración, me he encontrado también con comentarios de personas cercanas que, con buena intención o no, cuestionan mi forma de enfrentar y expresar mi sufrimiento. Un amigo querido, psicologo, me dijo, por ejemplo, que yo “racionalizo” lo que vivo, y que no hay una base académica que respalde lo que escribo o comparto.

Esto me hizo detenerme y reflexionar. Sí, mi experiencia no siempre puede ser medida o explicada con criterios científicos, académicos o profesionales. Pero mi apostolado, mi escritura y mi oración nacen de la vivencia profunda, de la experiencia concreta de mis pruebas, de la entrega y de la búsqueda de sentido en Dios.

He comprendido que no necesito la validación externa para que lo que comparto tenga valor. Cada palabra, cada reflexión, cada relato de mis luchas y mis aprendizajes puede ser semilla de luz para alguien más, aunque no cumpla con criterios académicos. La verdadera autoridad de lo que comparto reside en la sinceridad de mi corazón y en mi fe, y en cómo Dios puede usar eso para consolar, enseñar o inspirar a otros.

Este aprendizaje me recuerda que, incluso cuando otros no comprendan nuestra manera de vivir la fe o de enfrentar el sufrimiento, Dios ve, acompaña y da sentido a nuestra entrega, y eso basta para que nuestra vida y nuestra palabra tengan propósito.


Salmo 76 (Vulgata; 77 en muchas traducciones modernas)

Este salmo nos habla de la acción poderosa de Dios frente a los enemigos y las dificultades, y nos recuerda su fidelidad a lo largo de la historia de su pueblo, especialmente en la liberación del Éxodo.

Podemos ver un paralelismo con nuestra propia vida: nuestras pruebas y momentos de opresión se entrelazan con la necesidad de liberación, pero también con la certeza de la fidelidad de Dios.

En la Liturgia de las Horas, cada salmo actúa como un recordatorio de que Dios ya ha obrado, sigue obrando y seguirá obrando; nos invita a situar nuestra historia personal dentro de la gran historia de salvación que Él conduce con amor y justicia.

Memoria redentora y sacramental

Efectivamente, el salmo nos remite a la Pascua como actualización sacramental de la liberación de Dios.

Cada Misa, cada Eucaristía, es una actualización de lo que Cristo realizó por nosotros: entrega, redención, rescate de la esclavitud del pecado y del sufrimiento.

Así como Dios liberó a Israel del Faraón, Cristo nos libera del mal, de la culpa y de nuestras heridas, aunque el proceso sea lento y a veces doloroso.


Viviendo tu pascua

Si estás agotado, abrumado o herido, no estás solo. Puedes entregar tu dolor a Dios, incluso si no sabes cómo lo resolverá. Cada lágrima, cada oración sincera, tiene un valor y puede ser semilla de luz para ti y para los demás.

“El que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará juntamente con Él todas las cosas?”

Las “todas las cosas” se refieren a todo lo que contribuye a nuestra salvación y bien espiritual y temporal: gracia, fortaleza para soportar pruebas, consuelo, perdón, sabiduría para actuar, sanación interior.

No se trata de “todo los caprichos que queremos”, como dice Santiago: “para gastar en nuestros deleites”, sino de todo lo que Dios sabe que necesitamos para acercarnos a Él y para crecer en piedad y vida.

Mira lo que escribe san Pedro:

“Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia.” — Segunda de Pedro 1:3

Es prácticamente equivalente a lo que leímos en la Vulgata, solo con otra traducción y matiz de palabras, pero el sentido profundo es idéntico: Dios nos ha dado todo lo necesario para vivir conforme a Él.

Esa provisión no se limita a la gracia para momentos de alegría, sino para soportar pruebas, sufrimiento y tentaciones. El “conocimiento” de Cristo implica relación viva, fe, intimidad con Él, no solo información intelectual.

Si estás en un momento de agotamiento y sufrimiento, tu oración muestra que ya estás accediendo a los medios que Dios ha puesto a tu alcance: la memoria de su fidelidad, la entrega de Cristo, la fuerza de la gracia.


Conclusion

Mi deseo es que nuestra entrega a Dios, aun en el cansancio y en el dolor, sirva para fortalecer a quienes también luchan, y que cada día podamos recordar que la justicia y la paz verdaderas no siempre se ven de inmediato, pero están aseguradas por el amor y la fidelidad de Dios.

Te reto a convertir tus sufrimientos, experiencias y luchas interiores en algo que pueda ayudar y sostener a otros. Esto es, como dicen los dominicos, “contemplar y enseñar”. Y con ello dar un golpe profundo al demonio, porque él quiere que la desesperación silencie; pero tu entrega y reflexión se conviertan luz para otros.