El Escándalo de la Muerte y el Hambre de Trascendencia

Más allá de Sartre y Maslow

“Éramos un montón de existencias incómodas, embarazadas de nosotros mismos; no teníamos la menor razón de estar allí, ni unos ni otros; cada uno de los existentes, confuso, vagamente inquieto, se sentía de más (de trop) con respecto a los otros. […] Los árboles, las vallas de hierro, los macizos de flores, todo eso me daba náuseas; el jardín, la ciudad, yo mismo. Cuando uno llega a darse cuenta de ello, se le revuelve el estómago y todo se pone a flotar… eso es la Náusea.” — La náusea, Jean-Paul Sartre.

En la historia del pensamiento, pocos títulos resuenan con tanto peso como El ser y la nada y la novela Nausea, ambas de Jean-Paul Sartre. En esta última, Roquentin el protagonista, siente náuseas porque ve que la vida no tiene una razón de ser; las cosas simplemente “están ahí” sin justificación. La abundancia de formas y vida le parece obscena porque carece de un molde o propósito superior.

Para el existencialismo ateo, el ser humano es una “pasión inútil”, un destello de conciencia atrapado entre dos nadas, condenado a inventar un sentido que sabe, de antemano, que caducará con su último aliento. Sin embargo, cuando observamos la experiencia humana sin el cinismo de la modernidad, surge una pregunta inevitable: ¿Es nuestro aferrarnos a la vida un simple instinto biológico, o es la huella de una realidad superior?

El Error de la “Nada” y la Verdad del Anhelo

Sartre argumentaba que somos nosotros quienes debemos “llenar” el vacío. Pero hay una diferencia fundamental entre inventar un valor y descubrir un propósito: el anhelo natural del ser humano es vivir. No solo sobrevivir como lo hace un organismo celular, sino vivir con significado. Si la vida fuera puramente inmanente —es decir, si todo terminara bajo la tierra—, el concepto de “muerte” no nos resultaría tan violento. Aceptamos el hambre porque existe la comida; aceptamos la sed porque existe el agua. Si sentimos un hambre de eternidad que este mundo no puede saciar, la lógica más profunda (aquella que C.S. Lewis exploró con maestría) sugiere que estamos hechos para otro mundo.

La Pirámide de Maslow: De lo Urgente a lo Eterno

Frecuentemente citamos la jerarquía de necesidades de Abraham Maslow para hablar de salarios o bienestar laboral, pero rara vez miramos su cúspide con ojos metafísicos.

  • La Base Inmanente: Las necesidades fisiológicas y de seguridad son, por definición, temporales. El cuerpo que pide alimento es el mismo cuerpo que, por el pecado y la entropía natural, eventualmente dejará de pedirlo. Aquí reside lo que “tiene que morir”.
  • La Cúspide de la Trascendencia: En sus últimos años, Maslow reconoció que la “Autorrealización” no era el final. Añadió la Autotrascendencia. El ser humano solo se siente completo cuando se entrega a algo que está fuera de sí mismo.

Esta pirámide es, en realidad, un mapa de nuestra transición: lo inferior muere para que lo superior permanezca. Lo trascendente no es un “extra” en la vida humana; es el motor que le da valor a todo lo demás. Incluso el ateo que busca que su obra “trascienda” está admitiendo, quizás sin saberlo, que la nada de Sartre le resulta insuficiente.

De la Voluntad de Poder al Sacrificio de Cristo

Filósofos como Schopenhauer hablaban de una “Voluntad” ciega e irracional, y Nietzsche de una “Voluntad de Poder”. Ambos veían una fuerza que nos empuja, pero la veían como algo inmanente, atrapado en el ciclo del “eterno retorno”. Sin embargo, desde una perspectiva católica, esa “voluntad de vivir” no es una fuerza ciega, sino un reflejo del Logos. La muerte entró por el pecado —la ruptura con la Fuente de la Vida—, pero la respuesta no fue la aniquilación, sino la Encarnación. Jesús no vino solo a darnos una “mejor vida” inmanente (más comida o más salud), sino a restaurar el puente hacia lo trascendente.

De Sócrates a la Victoria de Cristo

Siglos antes del cristianismo, Sócrates, en el Fedón, ya intuía que el filósofo no debe temer a la muerte. Para él, la muerte es el momento en que el alma, por fin, se libera de las distracciones de lo inmanente para contemplar la Verdad absoluta. Lo que Sócrates razonaba, el cristiano lo vive por la fe:

  • Lo que muere es lo que Maslow ponía en la base.
  • Lo que queda es lo que Sócrates llamaba alma y lo que la teología llama el ser redimido.

La fe cristiana lo eleva y lo confirma a través de la figura de Jesús.

Creemos que la muerte entró en el mundo por el pecado, afectando todo lo aspecto de esta tierra. Pero también creemos que la Vida se hizo presente en Cristo. Al final del camino, las necesidades de la “base de la pirámide” morirán, pero aquello que anhelamos en la cúspide —la comunión, la verdad, el amor eterno— es lo que permanece.

La victoria sobre el existencialismo de la “nada” no se logra ignorando la muerte, sino arrebatándole su poder de esclavizarnos a través del miedo. Como bien declara la Escritura, el propósito de Cristo fue:

“…anular por medio de la muerte al que tenía el dominio de la muerte, es decir, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre.” — Hebreos 2:14-15

Aferrarse a la vida, por tanto, no es un absurdo; es la respuesta lógica de un ser que sabe, en lo más profundo de su alma, que ha sido diseñado para la eternidad.

Conclusión: Amar la vida es un acto de fe

Aferrarse a la vida, amarla y ver su belleza no es una negación de la realidad de la muerte. Al contrario, es el reconocimiento de que la muerte es una intrusa. El existencialismo de Camus puede ver el “absurdo”, pero el corazón humano ve un “misterio”. Al final, no somos seres materiales teniendo una experiencia espiritual; somos seres trascendentes atravesando una realidad inmanente. Todo lo que amamos en esta tierra, si es verdadero, tiene un tinte de eternidad. Como decía Sócrates, y como confirma la fe: lo que es verdaderamente real, no puede morir.