Durante la época de los 80, parte de la letra de una canción del grupo Culture Club decía: “Soy un hombre sin convicciones…”
En estos últimos tiempos necesitamos sostener convicciones que sean anclas que nos mantengan estables en las tormentas de la vida. Convicciones que sirvan para instruir a nuestros hijos, que sean la base para tomar decisiones sabias, que sirvan de vallado frente al asalto de influencias destructivas de los malos deseos, filosofías falsas y malas compañías. Es muy fácil transigir en nuestras convicciones debido a la presión de los demás. Necesitamos valor para sostener convicciones e ir en contra de la mayoría.
Las convicciones moldean nuestra manera de pensar, y esta, nuestra conducta. Y al final nuestra conducta define nuestro destino eterno. “Porque tal cual es el pensamiento del hombre en su corazón, el tal es el”.
Propongo una lista de 10 convicciones que todo Jefe de Familia debe vivir y enseñar a los suyos. Las mismas se originan en principios de la Palabra de Dios:
1. Sólo Dios es soberano, y la Biblia es su Palabra inspirada y la máxima autoridad para mi vida.2Tim 3:16-17; Mat4:4; Mat7:24-25
2. Mi propósito en la vida es buscar a Dios con todo mi corazón, y construir mis metas en torno a las prioridades de Él. Mt. 6:33; Mt. 22:37-40
3. Mi cuerpo es el templo viviente de Dios y no debe ser contaminado por los deseos del mundo. 1Cor 6:13-20
4.Mi iglesia debe enseñar las verdades fundamentales de la Biblia, y reforzar mis convicciones básicas. Judas 3; 1Cor 15:1-8
5. Mis hijos y nietos pertenecen a Dios, y es responsabilidad mía enseñarles principios Bíblicos, carácter piadoso y convicciones básicas. Deut 6:6-9; Pro 22:6
6. Mis actividades nunca deberán debilitar las convicciones escriturales de otro cristiano. Rom 14:13; 1Cor 10:23-24,32-33
7. Mi matrimonio es un compromiso para toda la vida, con Dios y con mi cónyuge.
Desgraciadamente, son más los niños y jóvenes que se crían sin uno de los padres. Nunca se puede recuperar del trauma del divorcio – a menos que Cristo sane las heridas. Mc 10:6-9
8.Mi dinero es un depósito que Dios me ha confiado, y he de ganarlo y administrarlo conforme a los principios Bíblicos. 1Tes 4:11-12; C 16:9; Prov 3:9; Lc. 10:35-36; 2Tes 3:12
9.Mis palabras deben armonizar con la Palabra de Dios, especialmente tratándose de la reprensión o restauración de un hermano en Cristo. Gál 6:1-2; 2Tes 3:14-15
Todos recordamos la justificación que dio Caín ante la interrogante de Dios acerca del paradero de su hermano: “¿Acaso soy yo guarda de mi hermano?”. Muchas veces cuando alguien cae y tropieza... pues bien, la “iglesia” es la primera en señalar y condenar, antes de restaurar y animar. Ante los fracasos morales que podamos ver en otros, nuestro deber es orar por ellos, y, dado el caso, reprender, pero siempre con el propósito de restaurar al que cayó.
La verdad es que si, somos guardas de nuestros hermanos, y encargados de levantarlos cuando estén caídos. Esto marca la diferencia entre la “religión” y el cristianismo auténtico. ¡Cuantos casos de personas que al caer, sólo encuentran recriminación y murmuración, pero no restauración!
La respuesta de Jesús a los fariseos que querían apedrear a la mujer adúltera es la misma que debemos dar nosotros: “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”, y lo que el Maestro dijo a la mujer: “Tampoco yo te condeno, vete y no peques más”.
Sin embargo, esto no quiere decir que no se brinde corrección cuando sea necesario. Pero no debemos perder de vistaque – del mismo modo que se exhorta a los padres a “no provocar a ira a sus hijos” – eso mismo se aplica cuando corrijamos en cualquier circunstancia. El fin de la verdadera corrección es restaurar.
10.Mi mirada debe de estar puesta en las cosas de arriba, no en las de la tierra Col 3: 1-4
Este principio no tiene que ver con aislarnos de la sociedad, más bien se requiere vivir nuestra vida de acuerdo al siguiente lema: “Que todas las cosas me recuerden al Él y hacer todas las cosas por amor a Él”. De esta manera evitaremos tanto en dar a las cosas creadas y/o a las personas la gloria que sólo le corresponde a Dios, y, al mismo tiempo, la actividad que realicemos –sea “secular” o “eclesiástica” se convierte en un servicio de excelencia a Dios.
Jesús dijo: “No te pido que los saques del mundo, sino que los libres del mal”. Estamos llamados a ser luz y sal de la tierra. Necesitamos tener testimonio cristiano en todas las esferas de la vida laboral, educativa, familiar y pública. En el Nuevo Testamento, se encontraban cristianos aún en el palacio del César. Debemos tomar en serio nuestra responsabilidad.
Hasta Pronto!