Hoy, mientras rezaba Laudes, me vino a la mente una lectura breve de 1 Tesalonicenses 5,4‑5. Y con ella, recordé a Job. Ese hombre que sufrió sin culpa, que perdió todo, que fue probado no como castigo, sino para mostrar la verdad de su corazón.

El prólogo deja claro —para el lector— algo que Job nunca sabe: su sufrimiento no es castigo. Eso rompe de raíz la teología simplista de causa–efecto (“sufres porque pecaste”). El verdadero tema es:

¿Se puede amar a Dios sin interés?

Ahí está el centro del drama. El acusador no ataca tanto a Job como a la posibilidad misma del amor gratuito. Y Job, con todo su grito, su queja, su desconcierto, no rompe la relación. Eso es decisivo. A Dios se le ama por sí mismo, más allá de lo que nos da o nos pueda dar.

Al reflexionar sobre mi propia vida, me doy cuenta de algo: muchas veces sentimos que las pruebas, la soledad o las injusticias son consecuencia de algún error nuestro. Pero no siempre es así. No todo sufrimiento tiene explicación moral; a veces, simplemente ocurre. Y lo que Dios busca no es castigarnos, sino mostrarnos, y mostrarse, en medio de todo.

Como Job, he sentido la tentación de cuestionar, de gritar, de sentirme abandonado. Y, como él, he descubierto que la prueba no aleja, sino que acerca. Que la transparencia con Dios —contarle nuestras dudas, nuestra rabia, nuestra impotencia— es un camino hacia Él. Que permanecer fiel no es resignación, sino un acto profundo de amor:

“Aunque Él me destruya, en Él esperaré” (Job 13,15).

Hoy entiendo que lo que Dios me permite vivir puede no ser para probarme a mí, sino para mostrarle al mundo —y al Mal— que es posible amar incluso en la oscuridad, incluso en la soledad, incluso con nuestras fallas y errores. Que seguir aferrado a Dios es una victoria silenciosa y enorme.

No busco justificar mi sufrimiento ni encontrar culpables. Solo busco aprender y crecer en cada momento, encontrar en la cercanía de Dios un bien mayor, y confiar en que, aunque mis caminos sean limitados, los suyos siempre buscan mi verdadero bien.

Si estás pasando por pruebas, recuerda que no todo dolor es castigo y que la fidelidad, aun en medio de la noche, tiene un valor que trasciende cualquier explicación. A veces, la cercanía de Dios es suficiente.

Por lo mismo, hoy redacto esta carta para ti que estas sufriendo.


Carta a quien sufre

Querido amigo(a):

Quiero compartir contigo algo que me ha acompañado en los momentos más oscuros de mi vida, con la esperanza de que pueda sostenerte también a ti. Hay noches en las que solo puedo decir al Señor:

“Señor, me duele esto, lo otro, mi cuerpo y mi corazón… pero te doy gracias porque estás conmigo. Tú sufres conmigo. Tú sufres mis dolores. Y no me voy a ir de tu lado, ni voy a escapar de esto. Voy a sufrir contigo. Tú conmigo y yo contigo.”

He aprendido, en medio de mis propias pruebas, que el sufrimiento no es necesariamente castigo, sino un misterio que apunta siempre a Jesús, que se hace presente en nuestra fragilidad y nos enseña a permanecer firmes en el amor. Como dice san Pedro:

“Que vuestra fe, mucho más preciosa que el oro que perece aunque sea probado por fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo” (1 Pedro 1,7).

Y Santiago nos recuerda:

“Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia” (Santiago 1,2‑3).

La fe, ahora lo entiendo mejor gracias a Job, no es simplemente creer que Dios bendice o que todo saldrá bien según mis planes. La fe es mi adherencia a Dios, mi confianza en que Él tiene un propósito, y lo más importante, mi certeza de que su amor no falla, como dice san Juan:

“Nosotros le amamos a Él, porque Él nos amó primero” (1 Juan 4,19).

Jesús mismo aprendió la obediencia a través del sufrimiento (Hebreos 5,8), y nos dejó claro que en este mundo tendríamos aflicción (Juan 16,33). Pero la belleza es que Él está allí con nosotros en medio de nuestras pruebas, y cuando nos unimos a Él en el dolor, nuestros sufrimientos se transforman: participamos del misterio de su cruz y de su amor. Como Él se identificó con nosotros en nuestra fragilidad, nosotros aprendemos a permanecer con Él, a confiar y a amar, incluso cuando todo parece perdido.

La fe no depende de la prosperidad, de la ausencia de dolor ni de la aprobación de otros. La fe crece en la prueba, se fortalece en la oscuridad y nos enseña a permanecer, a no huir del sufrimiento, sino a verlo como ocasión para adherirnos más profundamente a Dios y sentir su presencia consoladora y transformadora. Como dice Job:

“Aunque Él me mate, en Él esperaré” (Job 13,15).

Si sufres hoy, quiero que sepas que no estás solo(a). Tu dolor tiene un propósito más grande que tú puedes imaginar; Dios no retira la cruz, pero te acompaña en ella. Permanecer con Él en la prueba es, de alguna manera, participar de su victoria, de su amor que nunca falla. Y como Él, un día, reinaremos con Él (2 Timoteo 2,12).

Con afecto y oración,
Jorge