El banquete de los invisibles: Entre el juicio del “hermano mayor” y la caridad del cielo
“Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado.” Lc 15,32
A menudo, las comunidades que se jactan de conservar la tradición, la pureza de la liturgia y la ley con mayor celo corren el riesgo de convertirse en comunidades espejo: estructuras autorreferenciales que se contemplan a sí mismas, perdiendo de vista a las multitudes que esperan, no una disertación fría, sino un evangelio vivo. En mi propio caminar, me he encontrado con la dura realidad de que, al intentar regresar al corazón del Padre, no siempre se encuentra el abrazo de la acogida, sino la fiscalización del “hermano mayor”. Este personaje de la parábola lucana no es un extraño; habita en el rigorismo de quienes imponen pesadas cargas pero no mueven un dedo para acompañar al que sufre (Mt 23, 4). Son aquellos que ven la Iglesia como una aduana de méritos y a los sacerdotes como meros dispensadores de ritos, olvidando que la Caridad es la norma suprema.
El hijo mayor y los escribas de hoy
El hijo mayor representa en la parábola a los escribas y fariseos tal como Jesús también nos describe en Mateo capítulo 23 (y su contexto en el 22). Que son capaces de cumplir toda la ley pero se olvidan de la Caridad y la misericordia. Que dan tan pesadas cargas en sus seguidores, pero ellos no mueven ni un dedo no se comprometen con ellos no hacen acompañamientos. Un amigo una vez me dijo que simplemente hay sacerdotes que se ven como simples dispensadores de sacramentos. El hijo mayor representa la falta de acogida la falta de Caridad no refleja el corazón del padre. Y quizás en mi caso y el de otros, hemos encontrado una iglesia donde muchos son como el hijo mayor. Y donde hay personas sencillas que sí acogen, sí están dispuestos. Pero también he encontrado que hay personas que simplemente son como los personajes de la parábola del Samaritano: el sacerdote, el levita que ven a la persona caída y siguen en su camino, indiferentes.
Comunidades espejo y la carta de Cristo
Muchas veces nos convertimos en comunidades que se contemplan a sí mismas. Por decirlo de una vez: comunidades espejo que solamente se miran a sí mismas y olvidamos que quitando el espejo hay multitudes que están esperando. En muchos casos no esperan solamente una palabra del Evangelio, sino alguien que se presente delante de Dios como un evangelio vivo.
“Nuestras cartas sois vosotros, escritas en nuestros corazones, conocidas y leídas por todos los hombres; siendo manifiesto que sois carta de Cristo expedida por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón.” 2Corintios 3,2-3
San Pablo decía que nosotros éramos como cartas que todos pueden leer; ¿dónde está esa carta de Caridad de ayuda de acogida que deberíamos ser cada uno de nosotros?
Más que leer el Evangelio en un libro, debería poder leerse en nuestra forma de acoger y actuar.
Pero también existen comunidades que también como Jesús mismo dijo, que dan tan pesadas cargas al que quiera regresar; con aquel que se ha perdido y quiera regresar. La actitud del padre es misericordiosa, esta es la respuesta de Dios a la miseria humana, especualmente para con los que arrepentidos regresan. Es interesante cómo el proceso de restauración y acogida va con la aceptación, con la limpieza y con devolver la dignidad.
San Pablo amonesta:
“Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado.” Galatas 6,2
El Misterio del Sufrimiento y la Trascendencia
el misterio del sufrimiento, que debemos todos pasar en esta vida — es que precisamente el inocente sufre en esta tierra a manos de personas injustas, o al menos que cometen injusticias. Yo te invito también a que, en estos momentos, mires a Jesús, Dios encarnado aquí en la tierra: abandonado, descuidado, herido y traicionado por sus mismos apóstoles, quienes huyeron y lo dejaron. Cuando Pedro caminó sobre las aguas, se hundió por fijarse en el mar y las olas. Si en medio del sufrimiento y rechazo, centras tu atención en el que te falló, en lo injusto de tu situación, indefectiblemente tu fe naufragará.
Cuando fuiste bautizado, fuiste injertado en Cristo; en la cruz de Cristo y también en su resurrección. Si esta prueba la ofreces a Dios y vences de esta manera, tienes una promesa que dice así: “si sufrimos, también reinaremos con él” (2 Timoteo 2, 12). Y es que, en todo caso, estamos llamados a mirar la trascendencia y no a perdernos en las contradicciones que vemos en esta tierra en la iglesia militante. El libro de los Hebreos nos recuerda que Jesús sufrió tal contradicción por parte de los pecadores (Hebreos 12, 3) para que nuestro ánimo no se canse hasta desmayar.
La Iglesia Indefectible y la Jerusalén de Arriba
“Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra.” Colosenses 3,1-2
Si solamente miramos los errores de la iglesia militante que se compara con justicia con la de los escribas y fariseos entonces ahí quedaría todo la iglesia hubiera fracasado en su misión. Pero la iglesia no solamente es militante es purgante y también triunfante. La iglesia es indefectible porque indefectible es Jesucristo y eso se mantiene por Cristo mismo, respaldado por la intercesión de los santos del cielo. La iglesia militante tiene y tendrá pecadores traidores apóstatas tibios pero la Jerusalén de arriba, que también es parte de la iglesia, permanece con Cristo la cabeza.
Si observas la falta de acogida, y eres tentado a irte de la iglesia, o al resentimiento, es que simplemente está viendo las fallas errores fracasos y pecados de la iglesia militante. Pero, como vimos, tenemos que mirar las cosas de arriba cuando la iglesia militante te falle y lo va a hacer. En tu caso la comunidad de los cielos se van a regocijar de que tú has regresado y no te faltarán su ayuda y estímulo Aunque quizás por un periodo tengas que pasar el sufrimiento del rechazo de aquellos de quienes debieras esperar acogida. Ofrécelo a Dios y eso va a resultar en mayor santidad para tu vida.
Y recuerda: cuando seas consolado por Dios y acogido conviértete en alguien que acoja al caído que se acerca a la iglesia.
«Él nos consuela en todas nuestras luchas, para que nosotros podamos consolar a los que están en cualquier lucha, mediante el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios».2 Corintios 1, 4
